Otra historia de mi amigo Juan.
Después de lo que me contó Paco en el autobús, a los pocos días, lo llamé a Juan y lo invité a tomar unas cervezas. Me había quedado con mucha curiosidad.
Nos encontramos en El Comercial, en la Glorieta de Bilbao. No hubo preámbulos. Le dije que me había contado Paco lo del Templo y que me costaba creerlo. Y él me dijo claro, uno conoce de los demás una mínima parte, en la que no entran las contradicciones ni los sentimientos íntimos, no?
Me dijo que él no había creído nunca en la suerte ni en el sexto sentido y que, muchísimo menos, se le había ocurrido pensar que podían ser sinónimos del Ángel de la Guarda. Nunca, hasta que empezó a notar ciertas repeticiones de hechos nada usuales.
Tomamos un par de cañas más y me dijo que recordaba unos cuantos episodios de su vida que le habían parecido raros, pero que los tenía muy desdibujados, muy nebulosos, sin embargo sabía que tenían que ver con lo que le sucedió en Praga y después en La Habana y en Buenos Aires y también en Madrid.
Yo apenas decía alguna palabra, de esas que se dicen para que el otro no sienta que está hablando solo. Él continuaba contándome lo que de, alguna manera, era el preámbulo del relato de su entrada al Templo.
Me dijo que en Praga había llegado tarde al aeropuerto y su avión ya había despegado. Que se enfadó mucho con su guía, porque en esa época era muy colérico y le dijo de todo al hombre, que se había demorado en pasarlo a buscar por el hotel. El hombre no le dijo nada y lo llevó de vuelta al hotel. Unas cuantas horas más tarde, casi de noche, golpeó la puerta y entró en su habitación, le tiró sobre la cama un periódico y le dijo: insúltame ahora, eres uno de los dos únicos sobrevivientes de ese avión. Se estrelló en Canadá. Murieron todos, 123 pasajeros. Niños incluidos.
Me dijo que no pensó en nada, que no podía, que simplemente bajó a la recepción del hotel para llamar a su familia por teléfono, para tranquilizarla, para decirle que él no iba en ese avión. Lo hizo, se dio vuelta para ir hacia el bar y vio sentado en un sillón al otro sobreviviente, a un mexicano que bamboleaba el torso hacia adelante y hacia atrás, como hacen los rabinos y también algunos islámicos, y sólo decía dos palabras, con un intervalo entre ellas: ¡Carajo! ¡Dios!
Juan bebió de un trago lo que le quedaba de cerveza y me dijo paga tú, otro día la seguimos, y se fue, ensimismado.-
Alberto Costa es escritor, coach personal y psicoterapeuta operativo, experto en logro de objetivos y en resolución de crisis puntuales, personales y profesionales, atiende por Internet, o en su consultorio de Madrid, España. La primera consulta es gratis y sus honorarios son flexibles. www.albertocosta.net