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MI AMIGO JUAN – 5

Archivado en Relatos cortos • Fecha: 30-09-2005 14:39:31

Juan cuenta que siguen adelante como autómatas y no consiguen expresar el dolor por la muerte del Ché y continúan con todas las actividades de preparación para ir a cooperar con él, como si no supieran que ya estaba muerto..


Superada la prueba gracias a ese tal José, pienso que debí haber pedido mi baja, mi renuncia, mi vuelta a mi país, a la cotidianeidad. Pero no lo hice. Aunque no conocía a nadie de los que estaban conmigo. Algunos sí se conocían entre ellos, pero lo disimulaban. Yo me sentía “el extranjero”. Pero seguía pensando que así debían ser las cosas. Que ya nos iríamos conociendo. Como en el colegio, o en la mili.

Después de una serie de trámites de intendencia, prueba de uniformes, corte de pelos, paso por un dentista que me arregló dos caries comprobadas y siete más por si acaso, mirándome a través de unas gafas cubiertas de salpicaduras de color blanco, que no creo que le permitieran ver lo que hacía, nos juntaron en un barracón y nos dieron todo el equipo militar que nos faltaba.

Luego nos hicieron subir a unos camiones y partimos sin rumbo conocido, por lo menos para mí. Los métodos que utilizaban para todo, hasta para hablarnos, no eran nada democráticos. No parecía que estuviéramos todos en un mismo bando. La forma que nos hablaban los mandos, me resultaban idénticos a los que usaban los yankis en sus películas militares, sólo cambiaba la forma de hablar, el cantito cubano.

Éramos unos 30 o 40, tal vez menos. Llegamos a un campamento militar y nos acomodaron, mitad y mitad, en dos barracas, con un espacio mínimo en el que había una mesa para jugar a las cartas y una de ping pong. El resto estaba ocupado con las literas, de dos en dos. La cocina y el comedor estaban a unos 70 metros. Las letrinas algo más alejadas.

Todas estas operaciones nos habían llevado una semana. Cuando yo llegué hacía unos cuantos días que habían matado al Ché, y el viaje, por lo menos para mí, era para adiestrarme y formar parte del grupo de 200 que pedía el Ché. Todo se seguía haciendo como si nadie se hubiera enterado. Habían radios encendidas, pero con el volumen muy bajo. Nadie hablaba de lo que, aparentemente, no queríamos enterarnos. ¿Qué sentido tenía todo aquello?

Mi desconcierto me inquietaba y más empecé a inquietarme cuando vi que todos, tanto el “comandante” nuestro, que llegó varios días después que nosotros, como los propios cubanos, demostraban que seguían adelante automáticamente, como si nada importante hubiera sucedido. Exactamente igual como lo que yo mismo estaba haciendo. Seguir hacia delante hasta asimilar el impacto, el dolor y el duelo.---


Alberto Costa es escritor, coach personal y psicoterapeuta operativo, experto en logro de objetivos y en resolución de crisis puntuales, personales y profesionales, atiende por Internet, o en su consultorio de Madrid, España. La primera consulta es gratis y sus honorarios son flexibles. www.albertocosta.net

Escrito por Alberto Costa
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